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Viaje al infierno.


En una encrucijada de el destino, en una mala pasada de la vida sentí mis ojos desvanecerse lentamente.

Horas más tarde desperté, sentado allí en aquella estación de trenes, hacía un frío que invitaba a tomar un café o abrigarte rápidamente, frío descomunal que calaba en los huesos y congelaba el alma.

Los andenes estaban totalmente vacios, cómo si una plaga hubiera erradicado totalmente a todas las personas de la faz de la tierra, dejándome a mi allí totalmente solo cual ermitaño en los caminos solitarios de la vida.

El viento hacía revolotear los titulares del periódico en los que solo había noticias sobre desastres, guerras, ataques nucleares y las muchas otras desdichas que azotan a el mundo en estos días por culpa de el hombre.

Para calmar mi ansiedad busco un cigarrillo en mi abrigo pero al hacerlo me he percatado que ya no está, seguro he sido robado por algún pillo, lo más curioso es que no recuerdo aún como he llegado hasta aquí y tampoco recuerdo nada antes de estar aquí, es como si mi memoria se hubiera borrado en un abrir y cerrar de ojos.

Las luces de la estación están apagadas, así que ya debe ser muy tarde, alrededor de las 3 am lo cual se me hace extraño pues la seguridad de esta estación suele evacuar a todas las personas que no pudieron abordar el último tren que parte de la estación justo a las 1am.

De repente han comenzado a vibrar las vías de el ferrocarril y se ha escuchado el estruendo de los frenos, es extraño ya que no hay nadie. Ni el oficial de abordaje, no hay portadores de equipajes, la estación se mantiene lúgubre y vacía en su totalidad.

De repente aparece este caballo de hierro, esta fiera mecánica a romper la total calma de la noche con un largo chirrido, aturdiendo la tranquilidad y llenando de humo el andén.

Me acerqué rápidamente al tope de el tren, a la pequeña sala de máquinas, pero al llegar a la caldera percate que estaba completamente vacía.

El vapor subía a los lados de la locomotora, se supone que su calor podría calentar un poco mi cuerpo, pero al inclinarme sentía lo mismo, aquel frío abismal que llenada mi cuerpo de escalofríos, era tanto que incluso infligía miedo en mi.

Con las piernas temblorosas me dirigí hacia las entradas de la estación, pero estaban cerradas en su totalidad, no había escapatoria de aquel sitio, excepto las mismísimas vías de el tren.

Al regresar note algo muy extraño, sombras.

Sombras andantes, reflejadas en las paredes, en el piso, sombras comunes, de personas, eran formas etéreas, fantasmas del pasado o incluso de el mismo presente que estuve viviendo.

Asustado me apresuré a correr, de regreso a las puerta, despavorido, mis manos sudaban y mi cuerpo estaba erizado, el frío dentro de el recinto se había elevado a tal punto que había neblina, podía ver mi propia respiración acelerada por el miedo.

El temor se apoderó de mi cuerpo y quedé inmóvil, paralizado en aquella puerta de gran altura. De espaldas a ella pude observar que ninguna de las sombras notaba mi presencia, todas caminaban en una marcha fúnebre, tranquila, imperturbable.

Puede notar en este análisis que había toda clase de sombras, altas, bajas, delgadas, regordetas, niños, mujeres, hombres y personas que por su manera de caminar, pertenecían a la tercera edad.

Un poco más calmado intenté moverme un poco a la derecha, había un pasillo que desembocaba directamente a las vías de el tren, los pasillos de servicio, por allí podría salir de la estación e irme a mi hogar, ya era suficiente de esta horrible pesadilla.

No sabía si estaba dormido o despierto, pero me daba igual, sólo quería salir de allí, me quité mis zapatos, de suela como siempre los he utilizado, pensando en que haría mucho ruido si comenzaba a correr en ellos.

Me dirigí rápidamente hacía las vías de el tren y con esperanzas salté a ellas, pues no encontré nada que me interrumpiera en mi escape.

Ya en las vías me caí en cuenta que solo había obscuridad donde debía estar la salida, una abismo tenebroso, era una barrera impalpable, pues al intentar atravesarle no tuve obstáculo alguno, pero caí por un momento para luego aparecer nuevamente, pero esta vez de reversa por el mismo lugar por el que había ingresado, allí de bruces en el suelo pensé: "No hay salida".

Primero las puertas y ahora esto, parecía ser que lo único que podía hacer ahora era seguir las vías de el tren que estaban al frente de la locomotora. Pero al reincorporarme e intentar avanzar por al anden me encontré con la sorpresa de que todas estas sombras, estos espectros, estaban abordando los vagones de el tren, que según mi vista, eran nueve en total.

Desbocado y aún asombrado me acerqué hasta el primer vagón en el cual me detuve a observar algo que me causo mucha intriga, cada uno de los vagones tenía un tamaño proporcionalmente pequeño comparado con el vagón que le precedía, el primer vagón era gigante, en comparación a el segundo y así equitativamente, hasta llegas a el último, que poseía una capacidad máxima de unas 50 personas aproximadamente.

Me pareció extraño, pero lo ignore de inmediato pues tenía algo más importante que hacer, salir de allí.

Me acerqué a el frente de la locomotora, pero encontré el mismo problema que en la parte posterior, el mismo abismo, la misma caída, el mismo problema.

Pensé en rendirme, así que levanté mi cuerpo de el suelo y me ubiqué en el centro de los vagones, mirando como se llenaban poco a poco de aquellos espectros a los que con tranquilidad me dedique a llamar "almas".

Mientras se atiborraban los vagones pude percatarme de que una vez llenos, las puertas se cerraban automáticamente.

Estuve allí de pie por largo rato, hasta que todas las puertas se cerraron. No había espacio para mi en aquel viaje ya que no estaba muerto.

Pude darme cuenta de que eran almas de personas que murieron porque sus caras reflejaban el sufrimiento que padecieron en vida, incluso en cara de los niños.

Una halo de luz ilumino de repente el anden por completo, se acercaba desde el vestíbulo principal y venía hacia mi, enceguecido por esta luz decidí cerrar mis ojos, sensibles ya a la luz por el tiempo que llevaban sin recibir siquiera un poco de luz.

Al abrirlos nuevamente ya había pasado el halo de luz, ahora sólo había un hombre mayor, de aspecto demacrado, de contextura media y un poco alto, incluso más alto que yo.

Me dirigió una sonrisa y susurró: "Vengo a ayudarte con tu viaje, verás, no estás muerto, pero tampoco estás vivo".

Estas palabras me paralizaron, este hombre no era una sombra más, esté podía apreciar mi presencia, podía observarme en cada uno de mis movimientos, asombrado decidí descansar en el suelo por un momento.

El hombre volvió a exclamar: "Levanta de el suelo, perderemos nuestro tren".

Obediente me y muy decidido erguí mi cuerpo y seguí la luz que despedía la lámpara de aquel desconocido.  Por alguna razón esa luz me daba tranquilidad y calidez.

Entramos a la cámara de las calderas, la sala máquinas e inmediatamente la locomotora se pudo en marcha, había espacio en este pequeño compartimiento, incluso había asientos.

El hombre de la lámpara insistió en que debía sentarme y descansar de el ajetreo sufrido anteriormente,  tome un pequeño respiro y me senté en un pequeño catre ubicado en la parte posterior de aquella cámara.

La lámpara iluminaba completamente aquel pequeño lugar, pude leer perfectamente por encima de la cabeza de aquel extraño, justo allí en el frente una placa que contenía el nombre de la máquina de hierro que se movía lentamente, a pesar de que el fuego dentro de las calderas estaba muy alto.

Decía exactamente "Charon" en un estilo de letra casi ilegible, antiguo al parecer. Muy aparte de este hecho encontré también muy extraño que no había carbón para las calderas de el caballo de hierro.

No había un vagón para el carbón, pero aún así el fuego no menguaba en ardor, manteniéndose a su máxima expresión en todo momento.

A mi alrededor aún reinaba la oscuridad, nos encontrábamos en un túnel interminable, que por alguna extraña razón tenía forma de círculos descendientes.

Un poco angustiado alcé la cabeza y pregunte a el maestro de máquinas donde nos encontrábamos, sólo respondió: "En un viaje interminable, esperemos que con retorno a la superficie, más allá incluso de el mundo terrenal, al reino prometido, a lo inalcanzable o palpable incluso por el hombre, descanse joven caballero, nos dirigimos al mas profundo de los abismos".

Allí en aquel catre me percaté que momentos antes había presenciado el abordo a este "caballo" de aquellos que en vida fueron lujuriosos, voraces, codiciosos, odiosos,  violentos, fraudulentos, herejes y traidores.

Había estado rodeado de pecadores, estando yo en un estado dudoso, ni vivo, ni muerto, deambulando entre los dos mundos, dejando de todo lado toda división de el espíritu.

Me dirigía lentamente hasta el último circulo, hasta el vasto desierto helado.

Rodeado de miles de almas listas para su juicio divino, emprendía mi propio viaje hacía el infierno.

H.M

Este relato ha sido inspirado en la novela y poema sacro "La Divina Comedia", escrito por Dante Alighieri

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