Tu magnifica figura
esbelta se cubría con las sábanas de mi catre esa mañana de domingo, el sol
intentaba a duras penas penetrar las cortinas e iluminar la habitación que de
por sí estaba iluminada por tu presencia.
Tu mirada me tentaba
ágil y lucidamente desde tu lugar en nuestro lecho de amoríos e ilusiones. Me
invitaba a tomarte entre mis brazos y bordar en tu boca miles de estrellas beso
a beso.
Devolviéndote la
mirada me zambullí en tu cuerpo, el mar de mis delirios, dando brazadas largas
y extensas en contra de un oleaje seductor.
Recorrí tus amplias
caderas con la dedicación de un amante experimentado, siendo solo un
principiante en esto de el amor y las caricias. Besé tus anhelos con
delicadeza, acaricié tu cabello y toque tu piel como si se tratase de la seda
más suave que haya existido jamás.
Te amé, te amé
infinitamente, me hice hombre atando cabos en tu puerto de placer, bebí de las
agua de tu cuerpo y sacié mi sed, te hice olvidar el pasado y te hice mujer.
Fui yo, quién se
hundió y perdió en tus mares de pasión, fui yo quién te hizo mujer y te hizo
olvidar a aquel falso amante que tuviste alguna vez.
Soy yo quién te
recuerda en cada beso que más allá de deseo, eres una mujer.
H.M.
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