"Mi querida Jenavieve...
parece que ha pasado una eternidad desde el día en que decidiste marchaste, ya predispuesta la fecha de tu llegada, siendo esta hecha llegar a nosotros por parte de nuestros tíos, decidimos decorar la mansión y hacer un festín en tu honor.
Llenos de gozo y alegrías infinitas, comenzamos nuestra faena desde muy temprano, ir al establo y sacrificar un bello novillo, compramos el mejor vino que puede ofrecer París, engalanamos los corredores de nuestro hogar y llenamos de esperanza y regocijo nuestros corazones.
Se han colgado vuestras cortinas favoritas, las que en días de verano dejan entrar mucha más luz que cualquiera otra, ya que siempre fuiste gran creyente de que "una casa iluminada, es capaz de iluminar nuestra mente".
¡Oh!, queridísima Jenavieve, la sonrisa de los niños, felices y ansiosos por tu llegada, esos pequeños querubines rondan la casa, sobresaltados, jadeantes y sudorosos mientras nuestra nodriza los persigue con torpeza. Y pensar que hasta hace poco, eramos nosotros el motivo de desesperación de esa regordeta pero tan amable mujer.
Nuestra casa se baña en honores al recibirte nuevamente, ansiamos la llegada de tu despampanante figura a los jardines de nuestro hogar, tu esplendoroso y bello rostro iluminará los salones de nuestra mansión así como nuestros corazones.
Ansioso por mirarte y besar nuevamente tus labios....
Siempre tuyo... Jean-Baptiste."
Tu carta conmueve mi corazón cada vez que la leo Jean-Baptiste.
Pienso en ella cada vez que me siento en mi catre de esta prisión en al cual estoy hoy encerrada gracias a la pequeña vocecilla, a ese ángel de mi guarda que guiaba mis acciones aquel día de verano.
¡Oh, amado mío! El placer de morder tu yugular, de destajar tu cuerpo varonil y musculoso mientras dormías me envuelve en mil orgasmos cada vez que lo recuerdo, se empapa mi vagina cada vez que recuerdo tu pene siendo arrancado de ti por aquel cuchillo invasor, ese fiel confidente de mi gran aventura.
Esbozo una sonrisa cada vez que llega a mi mente esa memoria de el cuerpo de nuestros niños, estrangulados, tirados en la alfombra su habitación.
Mi padre con espuma en su boca, gracias a la gran dosis de veneno que puse en su vaso de agua, el que solía tomar antes de dormir.
Nuestra nodriza no fue excepción, corte sus senos y los arroje a los perros andrajosos que frecuentan las caminerías cercanas a nuestro hogar, los devoraron con voracidad y decisión, dejando solamente los sucios y asquerosos pezones de la gran perra.
Disfruto cada día recordando vuestros rostros, los que arranque de sus cuerpos y clave en las puertas de cada una de sus habitaciones.
¡Oh Jean-Baptiste, fui feliz, feliz al verlos morir!
H.M.
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