Quería verte,
ansiaba tenerte entre mis brazos y besarte.
Fui a buscarte,
apresurado casi desesperado, acudí a tu encuentro, estacioné mi auto frente a
las escalinatas de piedra, justo en la puerta de tu casa.
Allí estabas tu con
tus pijamas, imaginar que te hice salir de la cama solo para cumple mi deseo de
tenerte junto a mi. Te invité a subir al auto y preguntaste si debías llevar
algo más de ropa, sugerí que te deshicieras de esa idea, ya que no la necesitarías,
en lo absoluto.
Llena de asombro e
intriga accediste a ir conmigo, abrí la puerta de el copiloto y subiste al
auto, lo encendí y nos dirigimos a mi pequeña pero humilde morada, lo
suficientemente acogedora para darle abrigo a nuestros cuerpos.
Estacioné el auto,
lo apagué y me percaté de que estabas dormida, intenté despertarte y luego de
varios minutos reaccionaste, tome las llaves y subimos hasta mi departamento,
afortunadamente no nos topamos con nadie en esta pequeña travesía, preocupados de
que alguien pudiera verte en tu atuendo tan...pequeño.
Abrí rápidamente las
puertas, tal como si se tratase de un concurso televisado, de esos donde tu
agilidad te asegura grandes premios, y efectivamente, mi agilidad con las
llaves me garantizaría un premio, el tenerte conmigo toda la noche.
Te dejé entrar
primero, sabia que irías directo a la alcoba, escuché un grito estruendoso, no
de miedo o terror, un grito de emoción, de sorpresa, tus pasos sobre la
cerámica hacían temblar el piso, viniste corriendo hacía mi y te arrojaste en
un solo salto hacia mi cuerpo.
Sosteniéndonos
vagamente con un poco de la fuerza que poseo te alcé entre mis brazos,
escuchándote decir que no esperabas tal sorpresa y que estabas muy emocionada.
Te llevé hasta mi
habitación, adornada con algunas velas aromáticas y algunos pétalos de girasol
en el suelo que marcaban el camino hacia una pequeña cajita en el centro de
nuestro humilde nidito de amor.
Me besaste y me
preguntaste si había hecho esto por ti y dije que si, por supuesto, tomé la
cajita de encima de la cama, hinqué unas de mis rodillas en la alfombra y
proseguí a hacerte la gran pregunta, a la cual respondiste emocionada con un
gran si eufórico "si".
Luego de algunos
besos suaves puse el anillo en tu dedo, te tome entre mis brazos y te tumbé el
la cama, en una vuelta sagaz, apagué la luz y cerré la puerta, para luego
posarme suavemente por encima de ti.
Tomé tus manos y
comencé a jugar con ellas, las acaricié por un momento, mientras citaba a mi
poeta favorito, tus ojos estaban cerrados, estabas a la expectativa de algo más
y yo podía dártelo.
Quería sorprenderte
aún más, besé tu abdomen con suavidad, como si se tratara de una mina, el
mínimo movimiento te haría salir de el pequeño trance en que estabas sumergida.
Fui levantando poco
a poco tu camisa, acariciando tu piel, fría y erizada, posando mi lengua
suavemente en ciertos puntos, intentando no dejar espacio alguno sin recibir
mis besos.
Recordé que duermes
sin ropa interior, y culmine mi recorrido por tu abdomen, removí tu camisa
completamente e introduje uno de tus senos en mi boca mientras mi mano libre
acariciaba el otro.
Dulce aureola de tus
senos, pezones dulces que evocan el sabor de un caramelo, posaste tus manos en
mi cabello, despeinándome, halándome hacia ti y en algunas ocasiones
empujándome hacia abajo.
Besé tu cuello
lentamente y me dirigí hacía tu boca, besando tus labios suaves, ejemplo de
perfección, labios suaves como la seda, sin resequedad, al parecer el tiempo no
había dejado marca alguna sobre ellos.
Mientras te besaba
me derretía en tu boca, aún siendo hombre confieso tener debilidades y tus
besos, es una de ellas.
Tomé tus manos y las
puse en mi cintura, recorriendo torpemente tu cuerpo con las mías.
Fui besando tu
cuerpo nuevamente mientras descendía, besando tu sexo por encima de tus
pantaloncillos, levemente mojados por los jugos que desprendía tu cuerpo
voluptuoso.
Retiré tu última
prenda de su sitio y abrí tus piernas, sosteniendo cada una con uno de mis
brazos, tus piernas tonificadas y amplias, fuertes por tus constantes sesiones
de ejercicio abrazaban mi cuello, robándome el aire e incluso el quicio.
Besé tus labios
mojados y calientes, llenos de los jugos que expulsaba tu sexo palpitante,
besándote abrí una vez más mi tiempo en ti, mi hogar y mi refugio.
Tu respiración se
agitó violentamente y sonidos de placer comenzaron a salir de tu boca.
Tomaste mi cabello y
me halaste hacia tu sexo, haciendo que parte de mi cara se mojara también, pose
mi lengua en tu clítoris y comencé a dibujar círculos en el, círculos lentos y
constantes, constantes como tus gemidos que llenaban la noche estrellada de una
hermosa tonada.
Me deleite con tu
sexo, consumiéndolo poco a poco, lentamente, haciéndote mía, una vez mas.
El resto de lo
sucedido lo reservo como nuestro secreto, aquel secreto de nuestras noches
juntos.
H.M
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