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Confieso.

Le confieso que he de pedirle que sea un poco más clara con las cosas que pide usted. Fuera como fuere, no puede usted decirme que deje de quererle, así, de la madrugada al alba, con la piel caliente y el aliento agitado. ¿Cómo puedo alejarme de usted? Cerrar un capítulo de una historia que aún no termina, no porque no tenga un final, sino por el hecho de que siquiera sabemos si realmente vale la pena ponerle un punto y final a lo que podría ser el mejor libro de amor, o el drama más trágico, quién sabe. Sólo importaba la historia juntos y lo que se pudo lograr en ese tiempo, con cada párrafo, en cada una de las oraciones, las pausas en las comas y los besos, los puntos y seguidos en los coitos interrumpidos por el éxtasis del sexo; es una lástima porque ha estado en sus manos, y lo ha desechado como los restos de una comidilla insípida y fría. Pretende usted arrancar de raíz lo inarrancable, porque el alma no olvida a conveniencia sino que borra cuando el tiempo y las heridas han sanado lo suficiente. Por parte, este hombre no le olvida, porque abre cada día la herida que dejo su fantástica sonrisa, recordándole en cada instante, besándole de nuevo, recorriendo de nuevo sus líneas con sus dedos, leyendo las letras pequeñas en las comisuras de sus labios, ¿es que no se da cuenta? Ha sido mi sintaxis, la única letra de mi diccionario, la oscuridad de mis noches y la claridad de mis mañanas. Así tan despiadadamente me solicita que me aleje de usted, pues, lo haré, y me marcho ahora porque las luces del día quemarán mis granos de cordura con su inclemencia, caminare contra el viento para olvidarme su fragancia y mi lengua cortaré porque lo único que tengo para hablar, es usted.

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