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Limón dulce.

Existen otoños que avisan la llegada de los largos inviernos, gélidos e inclementes, abominables y despiadados, siempre en contra de los corazones cálidos, estos corazones que buscan refugio en las profundidades del cariño humano, ya casi extinto, como el calor en estos días fríos. Jovialmente, miles de rayos de sol se cuelan de tu boca y le dan calor a estos días de angustia, a estos días donde el frío se cuela en los más recónditos e inauditos rincones del alma. Eres el comienzo de una primavera para la vida, haciendo florecer sonrisas, llenando de perfumes el aire de este lugar, tan vacío, y aunque con puertas abiertas, desierto. Un vendaval de armonía, de esos que erizan los vellos de tu piel, arrebatador, reconfortante. Te miro como a esta brisa matutina, que te seduce y te empuja fuera de la cama, a mirar las hojas de los árboles crecer, los arroyuelos correr, al sol ponerse, cualquiera cual sea la dirección en la que se esconda. Te miro como a la noche de estrellas, está noche que te sorprende por su luminosidad, tan abierta a los ojos y expresiva, y aunque oscura, es conocida, familiar, palpable. Te tomo por el chocolate en mi paladar, dulce y amargo, felicidad para el corazón. Te miro en el reflejo de los lagos eternos del conocimiento y el pensamiento, miro tu reflejo y pienso que quizá no sea de este mundo, porque al brillar cualquier luz, te iluminas, y llenas todo con tu existencia. Y cuando termina esta noche, de chocolates calientes y estrellas, aparece este tu rostro, fresco, y entre sábanas etéreas, me arropa con su hermosura, colmando la vista de todas estas preciosas cosas, que al durmiente están prohibidas. Y aunque palpable y conocida la noche, aterradora es, no por su asombrosa belleza, o sus hermosos silencios, aterra, porque no quisiera que me sorprendiera la mañana sin está preciosa sonrisa, amplia cual horizonte, verde como las montañas, viva, como la naturaleza misma. Y estos tus ojos, ¿que tienen estos ojos? Los ojos que son la ventana misma al alma, pero tú, tú haces que todos estos mitos, refranes y leyendas queden refutados, porque vuestra alma vive allí en esos tus ojos, sin ventanas, sin paredes, sin nada que la aprisione, allí está, hirviendo en esta infusión de té, de color ambarino, seductora e hipnotizante. Incomparable tú, el mejor día del principio  de una constante de bellas cosas, efímeras y temporales quizá, quizá momentáneas, quizá duraderas, quizá. Y aunque quizá quisiera, que sea eterna, vendrán veranos y otoños a mi vida, quizá futuros inviernos en los cuales recordare tu cabello, que en complot con la vida, ondea ante el viento, como vivo estandarte de todo este compendio de maravillosas cosas que lleva un nombre humano, tu nombre, no digno de la boca del hombre, porque divino es tu nombre, como el durazno directo del duraznero, suave, terso y aunque ácido, dulce y jugoso para quién se dedica a extraer con su lengua los suaves y ligeros jugos de la verborrea de vuestra dócil lengua. Y al llegar el atroz invierno, si estuvieres acá, que me sorprenda la nieve, que apuntale las puertas de mi alma y me permita disfrutar de esta humilde primavera, que aunque pronta, placentera. Eres, estas ganas del sol de atarse a las caderas de la luna, los besos del río a las orillas del tiempo, la abundancia del rocío, la locura del ruiseñor, que entona canciones de amor al aire, y sin  importar quién escuche, deleita a las piedras que inertes yacen en los suelos de estos bosques del ingenio. ¿Musas? Quién ha necesitado musas, cuando existen divinidades como tú. Primavera he de llamarte, primavera por las flores del cacao, la frescura del limón y la yerba buena, la obscuridad del café, la tierra húmeda bajo mis pies, las mañanas largas, los amantes en la cama, los besos en la espalda. Deberían las deidades del viento, de los ríos y del tiempo, la luna y los mares, saber, que en estas tierras existes tú, una divinidad entre el caos de los hombres. Y pudiese continuar, a la deriva entre mares de sentimientos y pensamientos, para escribir con la tinta de tus deseos en un camarote, con plumas de gracias miles de ideas sobre las hojas de mi imaginación, pero para que describirte, pensarte o escribirte, cuando todo esto se reduce a un suspiro, a la ceniza de la chimenea, a una gota de agua en la marea, pues pocas mis palabras son,  sabiendo tú, primavera, que nada más quisiera, que ser esas ganas del sol a la luna, de morder sus caderas, y en lugar de imaginarle, en mi mente verle y visitarle, pudiere yo, entre mis manos tenerle y quizá sentirle.


“Y le diré adiós a los fríos inviernos del pensamiento monótono, que copo a copo se acumulan en mi subconsciente, para darle pie a esta primavera, que se arremolina ante mis labios, como una taza de cocoa, de chocolate caliente, sonriente, como limón dulce entre los dientes”

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