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Asesino de instintos.


Entre a la residencia, dejo mi mochila negra en el mueble de cuero negro ya destrozado y cercenado por las mordidas de nuestro Mastín Napolitano llamado Orión. Recuerdo haber prometido repararlo y tapizarlo debidamente, pero los gastos de nuestro apartamento estuvieron muy altos últimamente.

 Deambulo hacía la cocina, abro el aparador, tomo una galleta, me doy vuelta, abro el refrigerador y cojo un vaso, vierto un poco de leche en el y procedo a ingerir la ultima comida de el día.

"¿Solo comerás eso?"- tus exactas palabras. Di un giro de 180 grados al estilo de las mejores películas del viejo oeste, disparando rápidamente una mirada cálida a tus preciosos ojos verdes.

"Lograste desprenderte de tu vestimenta muy rápido"-pensé.

"Al parecer haz preparado algo más"-dije en el mismo tono que utilizaría cualquier hombre al mirar a su mujer, su amada, su reina, su amante, con su brazo desnudo apoyado en el marco de la puerta de la cocina, atónito observo como tu cabello rojizo caía delicadamente por tus hombros, la única parte de tu cuerpo cubierta, aparte de tus voluptuosas y muy bien definidas caderas, rodeadas por algún tipo de ropa interior de aspecto muy sabroso.

Tacones negros, 15 cm agregados a tu fantástica figura, detallando y realzando aún mas tu altura a un metro y cincuenta y cinco centímetros. Transformaste tu cuerpo en una maravilla en mi tiempo fuera de casa, tus horas de yoga, gimnasio y spinning han convertido tu figura en algo digno de admirar, de poseer, de preservar, conservar y convertirlo en objeto de adicción, obsesión. Un arma mortal.

Me dirijo hacia ti, lento, con un toque encantador, sensual, precavido, evitando disparar cualquier tipo de alarma, convaleciente ante tu seductora mirada.

Extiendo mis manos y rápidamente tomo tu cuello, suave y cálido, tu piel tersa se eriza, se torna aún mas sensible a mi tacto. Tentación desbordante de amarte. Mientras mi mano izquierda arrebata poco a poco tus suspiros, con mi mano derecha tomo tu cabello color fuego, y lo miro esquivarla, dócil, tan elegante como el agua labrando la piedra dura. Una hábil y rápida reacción me permite tomar tu yugular entre mi labios y dejar allí mi marca, mientras me retiro poco a poco, besando tu cuello y acariciándolo.

Tus ojos cerrados, incentivo perfecto para robar un beso a tus labios carnosos.  Este beso suave, diferente a cualquiera de los besos recibidos anteriormente de tu dulce boca, creadores de deseo carnal. Poco a poco sigo recorriendo tu cabello con mi mano derecha, mientras mi mano izquierda se dedica a recorrer tu espalda suavemente, voy robando tu aire, extrayéndolo  rápidamente, gracias a tu respiración ya acelerada.

Alejándome un poco, echo un vistazo a tu cuerpo, primoroso, delicado, hecho en un molde único pero con la medida perfecta para ahogarlo entre mis brazos. Bese tu espalda, poniendo ahínco en cada una de las pequeñas pecas, que por alguna extraña pero magnifica razón solo transitan tus hombros y el centro de la misma, mientras con mis manos agitan vertiginosamente tus senos, perfectos con su diminuta aureola color rosa.

Tu boca abierta solo manifiesta una cosa: gozo y regocijo.

Me apodero tu cuerpo y me dirijo a la habitación, posándote sobre mi catre uniplaza, nuestro nido de amor. Al parecer han crecido tus ansias de amar, diriges mi cabeza hacia tu sexo mojado con tus manos, que poco a poco ha ido desbordando ríos de pasión, olor a néctar de dioses, digno de ser degustado suave y lentamente, pero primero me dedico a deshacerme completamente de tu sexy tanga comestible.

Dulce, empalagoso, combinado con el sabor glorioso de los jugos de tu apetitoso sexo, al parecer conseguiste la forma perfecta de saciar el hambre y también la sed, alimentando a este pobre hombre desnutrido, dejándolo gustoso, satisfecho.

Continuo, y recorro tus estupendas piernas torneadas, fuertes y tentadoras poco a poco con mis labios, de tus piernas a tus pies, y de regreso a mi morada, mi hogar, el punto cálido donde obtengo tranquilidad a deshojar poco a poco esta rosa sin espinas, sagazmente con mi lengua habilidosa en el lenguaje de tu piel.

Gritos, gemidos, aullidos, alaridos, sonidos desplegados en el aire, placer hecho música, melodía, armonía.

Tus piernas enlazan mi cabeza, la toman entre ellas y la levantan, estoy de pie frente a ti, y como fiera que ataca a su presa rompes mi camisa favorita, a lo cual no presto atención absoluta, pues tus manos recorren mi cuerpo cual gacela, veloces, agiles, rápidas.

Al parecer no fue suficiente en mi primer intento por humedecer tu jardín del Edén y me tomas con tus garras, te levantas y me arrojas al lugar donde solía reposar tu magnifica colectividad de encantos para luego ubicarte encima de mi, aguardando a que mi lengua explore y se torne compulsiva y entre lentamente dentro de ti, despojándote de toda inhibición.

En la siguiente hora me dedicaré a esto, a morderte, ahogarte, devorar tu cuerpo por partes, a enterrar tu cuerpo bajo el mío, succionando los vertiginosos abundantes e impredecibles ríos desbordantes de tu sexo caliente, haciéndote vociferar y despedir gritos de placer, mientras apuñalo tu sexo con mi miembro duro y latente, para luego dejarte caer, muerta de placer, en este lugar donde el amor te suelo hacer.

"Y desde hoy, por las noches sigo, haciéndote el amor calculador y frío, como un asesino".
H.M.

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